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                          2.09 - Liderazgo en la caja


                          —Mi hijo menor, Cory, que ahora tiene casi cuarenta años, parecía tener el
                          diablo en el cuerpo. Drogas, alcohol..., todo lo que se le ocurra, él lo hizo.
                          El caso es que la situación culminó cuando fue detenido por tráfico de
                          drogas durante su último año de estudios en la escuela superior.
                          »A1 principio lo negué. Ningún Herbert había consumido nunca
                          drogas. Y venderlas..., eso era inconcebible. Armé mucho jaleo, pedí que se
                          reparase aquella injusticia. No podía ser cierta, no con mi chico. Así que
                          exigí un juicio completo, a pesar de que nuestro abogado se opuso a su
                          celebración y el fiscal ofreció un trato que sólo incluía pasar treinta días en
                          la cárcel si Cory se declaraba culpable. Pero no les hice caso. "No voy a
                          permitir que mi hijo vaya a la cárcel", exclamé. Así que presenté batalla.
                          »Pero perdimos y Cory tuvo que pasar un año completo en el
                          reformatorio de menores de Bridgeport. Por lo que a mí se refiere, fue un
                          baldón para el buen nombre de la familia. Lo visité dos veces durante todo
                          ese año.
                          »Tras su regreso a casa, apenas si nos hablamos. Raras veces le
                          preguntaba algo y, cuando lo hacía, él me respondía con monosílabos
                          apenas audibles. Se juntó con malas compañías, y apenas tres meses después
                          lo detuvieron de nuevo, esta vez por robo en una tienda.
                          »Quise enfrentarme serenamente a esta nueva situación. No me hacía
                          ilusiones acerca de su inocencia, así que presioné para conseguir un acuerdo
                          que implicaba seguir un programa de tratamiento y supervivencia de
                          noventa días al aire libre en las tierras altas de Arizona. Cinco días más
                          tarde, tomé un avión, acompañado por Cory, en el aeropuerto Kennedy,
                          con destino a Phoenix. Llevaba a mi hijo para que "lo reformaran".
                          »Mi esposa, Carol, y yo lo dejamos en la sede central de la
                          organización. Observamos cómo lo subían a un autobús blanco, junto con
                          otros muchachos que ingresaban en el programa, y luego se lo llevaron
                          hacia las montañas de la zona centro-oriental de Arizona. Después, nos
                          acompañaron a una sala para una sesión de un día, en la que esperaba
                          aprender cómo iban a reformar a mi hijo.
                          »Pero no fue eso lo que aprendí. Lo que aprendí fue que, al margen de
                          cuáles pudieran ser los problemas de mi hijo, yo también necesitaba ser
                          reformado. Lo que aprendí aquel día cambió mi vida. No al principio, pues
                          me resistí con uñas y dientes a todo lo que me sugirieron: "¿Quién, yo?
                          (protesté). Yo no consumo drogas. No soy yo el que se pasó la mayor parte
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                          del último año de escuela superior encerrado entre rejas. No soy yo el
                          ladrón. Soy una persona responsable, respetada, incluso presido una
                          empresa". Pero, poco a poco, empecé a darme cuenta de la mentira que
                          había en mi actitud defensiva. De una forma que sólo puedo describir
                          como simultáneamente dolorosa y esperanzada, terminé por descubrir
                          que, durante años, había estado en la caja, con respecto a mi esposa y a
                          mis hijos.
                          —¿En la caja? —pregunté casi en voz baja. —Sí, en la caja —respondió
                          Lou—. Porque aquel primer día pasado en Arizona aprendí lo que usted
                          aprendió ayer. Y en ese momento, cuando probablemente mi hijo bajaba
                          del autobús y miraba a su alrededor en una zona situada en plena
                          naturaleza, que sería su hogar durante los tres meses siguientes,
                          experimenté por primera vez en muchos años el abrumador deseo de
                          abrazarlo con fuerza. Qué desesperada soledad y vergüenza debía de
                          estar sintiendo. ¡Y cuánto había contribuido yo a ello! Las últimas horas
                          pasadas junto a su padre, o incluso meses o quizás años, estuvieron
                          envueltas en el silencio y en una nube de culpabilidad. Lo único que
                          pude hacer fue contener las lágrimas.
                          »Pero las cosas fueron incluso mucho peores. Ese día me di cuenta
                          de que mi caja me había arrebatado no solamente a mi hijo, sino también
                          a la gente más importante de mi empresa. Dos semanas antes, en lo que
                          los empleados llamaron la "disolución de marzo", cinco de los seis
                          miembros del equipo ejecutivo se marcharon de la empresa en busca de
                          "mejores oportunidades".
                          —¿Kate?—pregunté.
                          —Sí, Kate fue una de ellos.
                          La mirada de Lou se perdió, aparentemente sumido en profundos
                          pensamientos.
                          —Ahora, al recordarlo, me resulta todo muy extraño —dijo finalmente—
                          Me sentí traicionado, del mismo modo que me había sentido traicionado
                          por Cory. «Al diablo con ellos (me dije a mí mismo). Que se vayan todos
                          al infierno.»
                          «Estaba decidido a convertir Zagrum en una empresa de éxito,
                          aunque fuera sin su colaboración. "De todos modos, no son tan
                          magníficos", me dije a mí mismo. La mayoría de ellos llevaban en la
                          empresa unos seis años, desde que se la comprara a John Zagrum, y la
                          empresa, en líneas generales, había avanzado renqueante durante todo
                          ese tiempo. "Si fueran tan buenos, ya deberíamos haber mejorado a estas
                          alturas. Así que al diablo con ellos", pensé.
                          »Pero aquello era una mentira. Podía ser cierto, sin embargo, que la
                          empresa debería estar en mejor situación. Pero eso seguía siendo una
                          mentira porque estaba totalmente ciego al papel que yo mismo
                          desempeñaba en nuestra mediocridad. Y, como consecuencia de ello,
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                          estaba ciego a cómo los culpabilizaba no por sus errores, sino por los
                          míos. Estaba ciego, como siempre lo estamos, a mi propia caja.
                          »Pero en Arizona recuperé la visión. Me veía a mí mismo como un
                          líder tan seguro de la brillantez de sus propias ideas, que no podía
                          permitir que nadie más brillara, un líder que se sentía tan «ilustrado» que
                          necesitaba ver a sus colaboradores negativamente para mejorar su propia
                          ilustración, un líder con tanto impulso por ser el mejor que se aseguró de
                          que nadie más pudiera ser tan bueno como él.
                          Lou hizo una pausa, antes de continuar.
                          —Ha aprendido algo sobre la connivencia, ¿verdad, Tom?
                          —¿Lo que se produce cuando dos personas están en sus cajas la una con
                          respecto a la otra? Sí.
                          —Pues bien, con esas imágenes autojustificadoras que me decían que era un
                          líder brillante, ilustrado y el mejor de todos, ya se puede imaginar las
                          connivencias que provocaba a mi alrededor. Metido en mi caja, era una
                          verdadera fábrica de crear excusas, tanto para mí como para los demás.
                          Cualquier empleado que necesitara la más ligera justificación por sus propias
                          auto-traiciones encontraba en mí un variado repertorio.
                          »No me daba cuenta, por ejemplo, que cuanta más responsabilidad
                          asumía por el rendimiento de mi equipo, tanta más desconfianza sentían
                          ellos. Luego, se resistían de toda clase de formas; algunos simplemente
                          abandonaron sus esfuerzos y dejaron en mis manos toda creatividad; otros, en
                          cambio, me desafiaron e hicieron las cosas a su modo, mientras que otros
                          simplemente se marcharon de la empresa. Todas aquellas respuestas me
                          convencieron de la incompetencia de los empleados, así que respondí
                          emitiendo instrucciones cada vez más detalladas y meticulosas, desarrollando
                          mayor número de políticas y procedimientos, y así sucesivamente. La gente
                          interpretó que aquello no hacía sino demostrar aún más mi falta de respeto
                          hacia todos ellos, por lo que se me resistieron todavía más. Y así continuó el
                          círculo vicioso en el que cada uno invitaba al otro a permanecer en la caja y,
                          al hacerlo así, nos proporcionábamos justificación mutua por estar allí. La
                          connivencia estaba en todas partes. Aquello era un desastre.
                          —Como lo ocurrido a Semmelweis —dije, extrañado.
                          —Ah, ¿de modo que Bud le ha hablado de Semmelweis? —preguntó Lou
                          mirando a Bud y luego de nuevo a mí.
                          —Sí —asentí, mirando a Bud.
                          —Está muy bien —siguió diciendo Lou—. La historia de Semmelweis
                          guarda un interesante paralelo. En efecto, yo estaba matando a la gente de mi
                          empresa. Nuestro índice de beneficios podría compararse con el índice de
                          mortalidad de la sala de maternidad del Hospital General de Viena. Yo
                          mismo transmitía la enfermedad de la que acusaba a todos los demás. Los
                          infectaba y luego los acusaba de ser los causantes de la infección. Nuestro
                          gráfico organizativo era un gráfico de cajas en connivencia. Estaba todo
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                          hecho un lío.
                          »Pero en Arizona aprendí que el único que estaba hecho un lío era yo. Al
                          estar en la caja, provocaba los mismos problemas de los que me quejaba.
                          Había alejado de mi lado a las mejores personas que conocía, sintiéndome
                          justificado en todo momento porque me encontraba dentro de la caja. Estaba
                          convencido de que esas personas no eran tan buenas.
                          »Ni siquiera Kate —añadió tras una pausa en la que sacudió la cabeza con
                          pesar—. No he conocido a nadie con más talento que Kate, pero en aquel
                          entonces no lo veía así, porque me hallaba encerrado en mi caja.
                          »Así que, mientras estuve en Arizona, me di cuenta de que tenía un enorme
                          problema. Me hallaba sentado junto a mi esposa, a la que no le había hecho
                          mucho caso durante veinticinco años. Me separaban más de ciento cincuenta
                          kilómetros de terreno impracticable de un hijo cuyos recuerdos más recientes
                          de su padre serían probablemente bastante amargos.
                          Y mi empresa empezaba a hacer agua por todas partes, después de que los
                          mejores y más brillantes colaboradores que había tenido se buscaran nuevos
                          trabajos. Era un hombre solitario. Mi caja estaba destruyendo todo aquello
                          que me importaba.
                          »En aquel momento hubo una cuestión que me pareció mucho más
                          importante que ninguna otra cosa en el mundo: ¿cómo podía salir de la caja?
                          Lou se detuvo y yo esperé a que continuara.
                          —¿Cómo lo hizo? —le pregunté finalmente—. ¿Cómo se sale de la caja?
                          —Eso es algo que usted ya sabe.