LA CAJA

Instituto Arbinger

2.17 - Sobre el Instituto Arbinger

Sobre el Instituto Arbinger
«Arbinger» es la antigua grafía francesa de la palabra «harbinger».
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Significa «uno que indica o prefigura lo que ha de venir; un precursor».
Arbinger es un precursor, un «harbinger» del cambio.
El trabajo de cambio que se ha presentado en este libro y que se desarrolla
en el Instituto Arbinger, surge a partir del núcleo de las ciencias humanas.
Dirigido por el filósofo Terry Warner, un equipo de eruditos ha
progresado innovadoramente en la resolución del antiguo problema del
autoengaño, o de lo que originalmente se llamó «resistencia». El problema
es el siguiente: ¿cómo puede la gente simultáneamente (1) crear sus
propios problemas, (2) ser incapaz de darse cuenta de que está creando sus
propios problemas y, sin embargo, (3) resistirse a cualquier intento que se
haga por ayudarles a dejar de crear esos problemas?
Tal como explica este libro, este fenómeno se encuentra en el núcleo de
muchos fallos organizativos. Esa es la razón por la que muchos problemas
organizativos parecen inabordables, porque en su núcleo son autoengaños
y se resisten a la solución.
Arbinger se fundó para convertir el importante trabajo del equipo sobre el
autoengaño y su solución en efectos prácticos para los individuos, las
familias y las organizaciones de todo el mundo. La concentración de
Arbinger en las organizaciones se inició cuando un conocido asesor de
dirección le pidió ayuda con uno de sus clientes. Como consecuencia del
trabajo de Arbinger, aquella empresa, que había ido languideciendo en su
rendimiento, se convirtió en líder en beneficios de la industria, duplicando
y triplicando finalmente los beneficios sobre inversiones de sus
competidores más cercanos. A partir de la fama que empezó a difundirse
tras aquella experiencia, Arbinger empezó a concentrarse en las
implicaciones y aplicaciones organizativas del problema del autoengaño y
su solución.
En la actualidad, Arbinger es un consorcio empresarial y académico de
formación y asesoramiento de dirección que incluye a personas formadas
en el ámbito de la empresa, el derecho, la economía, la filosofía, la
familia, la educación y la psicología. Juntos, los miembros de Arbinger
aplican sus energías a ayudar a las organizaciones a resolver los
problemas de las personas y a incrementar los resultados netos. Y lo hacen
así ayudando a los clientes a poner en práctica el Sistema de Resultados
Arbinger en Tres Fases™. La primera fase de ese sistema es la que se ha
presentado en este libro.
Los clientes de Arbinger proceden de una amplia variedad de industrias,
incluidas telecomunicaciones, aeroespacial, energía, tecnología de las
computadoras, finanzas, banca, siderurgia, fabricación de automóviles,
ventas al por menor, atención sanitaria, educación, correcciones,
propaganda y publicidad.
Los ejecutivos y otros líderes de estas empresas tienen en muy alta
consideración los productos y servicios de Arbinger. A continuación se
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incluyen algunas declaraciones representativas incluidas en revisiones
anónimas durante y después de la puesta en práctica del Sistema de
Resultados Arbinger: «La claridad y el poder del trabajo de Arbinger es
incomparable. Asombroso». «Es el sistema más global y funcional que he
visto nunca.» «El sistema Arbinger es una magnífica herramienta. No
puede compararse con ningún otro programa en el que haya participado.»
Un director ejecutivo de una empresa incluida en Forbes 40, que puso en
práctica el programa de Arbinger, dijo: «Durante los últimos quince años
he participado en trabajo de "esfuerzo de cambio", tanto a nivel nacional
como en mi empresa. Las enseñanzas de Arbinger constituyen la
innovación más importante que he visto durante todo ese tiempo. Se
encuentra en la vanguardia misma de la teoría y la práctica de la
dirección».
Arbinger está dirigida por los directores ejecutivos Duane Boyce, Jim
Ferrell y Paul Smith.
Para más información sobre publicaciones, productos y servicios de
Arbinger,
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800-307-9415
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2.16 - Otra oportunidad


—Como bien puede imaginar —siguió diciendo Lou—, me llamó. Me dio
una segunda oportunidad. Y la empresa que usted ha admirado durante
todos estos años ha sido el resultado de esa segunda oportunidad.
»Cometimos muchos errores a medida que reiniciábamos juntos el trabajo.
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Lo único que hicimos realmente bien desde el principio fue transmitir a
nuestra gente las ideas que usted ha aprendido en estos dos últimos días.
No conocíamos necesariamente todas las implicaciones para el personal y
el trabajo, así que al principio preferimos mantenernos en el nivel de las
ideas generales. Pero ¿sabe una cosa? Aquello supuso una enorme
diferencia. Simplemente lo que ha hecho Bud por usted durante estos dos
últimos días, sólo eso, cuando lo aprende un grupo inmerso en una
empresa común, se produce un efecto poderoso y duradero. Lo sabemos
porque hemos medido los resultados a lo largo del tiempo.
»Pero durante estos veintitantos años hemos progresado mucho en la
aplicación específica del material al mundo de la empresa. A medida que
nos encontrábamos cada vez más fuera de la caja, como empresa, pudimos
identificar y desarrollar un plan específico de acción que reduce al
mínimo la autotraición básica en el puesto de trabajo. Ya desde el
principio, cuando la gente suele estar todavía fuera de la caja con respecto
a sus compañeros de trabajo y a la empresa, le presentamos y explicamos
esta forma de trabajar juntos.
Lou hizo una pausa y Bud intervino.
—Nuestros esfuerzos se desarrollan ahora en tres fases —dijo—. Entre
ayer y hoy ha iniciado usted lo que consideramos como el curriculum de
la primera fase. Eso era lo único de lo que disponíamos al principio y eso,
por sí solo, ya produjo un tremendo impacto. Constituye el fundamento de
todo lo que viene después. Es lo que nos permite alcanzar los resultados
que conseguimos aquí. Nuestro trabajo en la segunda y tercera fases se
fundamentará en lo que hemos tratado hasta ahora y le introducirá en una
forma concreta y sistemática de concentrarse y conseguir resultados, un
«sistema de resultados» que reduce la autotraición en el trabajo y eleva al
máximo los resultados netos, haciéndolo, además, de una forma que
reduce mucho los problemas organizativos comunes de la gente. Pero
usted todavía no está del todo preparado para la segunda fase.
—¿No lo estoy?
—No. Aunque ahora comprende el funcionamiento fundamental de la
autotraición, todavía no comprende del todo hasta qué punto se encuentra
inmerso en ella. Aún no tiene conciencia de hasta qué punto no ha logrado
concentrarse en los resultados.
Noté cómo se me empezaba a abrir la boca de asombro, y en ese momento
me di cuenta de que no había experimentado aquella sensación defensiva
desde la mañana anterior. Aquella idea pareció acudir en mi rescate y me
permitió regresar de nuevo a una actitud abierta.
—Pero en ese sentido no es usted diferente a ningún otro —siguió
diciendo Bud con una cálida sonrisa—. Pronto lo verá. En realidad, tengo
un material que quiero que estudie con atención y me gustaría reunirme de
nuevo con usted dentro de una semana. En esa reunión emplearemos
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aproximadamente una hora.
—Está bien, la esperaré con impaciencia —le dije.
—Entonces empezará el verdadero trabajo —añadió Bud—. Tendrá que
revisar su forma de trabajar, aprender a medir cosas que no sabía que
necesitaran medición, y ayudar e informar a personas de modos que nunca
imaginó posibles. Como su director, le ayudaré a hacer todo eso. Y usted,
como director, aprenderá a ayudar a su gente a hacer lo mismo.
Bud se levantó.
—El conjunto de todo esto es lo que convierte a Zagrum en lo que es,
Tom. Nos alegra que forme usted parte de ello. Y a propósito, además de
sus lecturas, le voy a poner unos deberes para hacer en casa.
—Está bien —asentí, preguntándome de qué se trataría.
—Quiero que piense en su trabajo con Chuck Staehli.
—¿Staehli? —pregunté, sorprendido.
—Sí. Quiero que piense si durante el tiempo que trabajó con él se
concentró realmente en conseguir resultados. Quiero que considere si se
mostró usted abierto o cerrado a la corrección, si realizó esfuerzos activos
por aprender, y si enseñó con entusiasmo a los demás cuando pudo
haberlo hecho, si se consideró plenamente responsable en su trabajo, si
aceptó o desvió la responsabilidad cuando las cosas salieron mal, si
avanzó rápidamente hacia las soluciones en lugar de encontrar un valor
perverso en los problemas, si se ganó, en fin, la confianza de quienes le
rodeaban, incluido Chuck Staehli.
»Y mientras reflexiona sobre todo eso, quiero que tenga continuamente en
cuenta las ideas que hemos expuesto aquí, aunque quisiera que lo hiciera
de una forma concreta. —Bud extrajo algo de su maletín—. Un poco de
conocimiento puede ser algo peligroso, Tom. Puede utilizar este material
para culpabilizar, como pudiera hacer con cualquier otra cosa. El simple
hecho de conocer el material no le hará salir de la caja. Eso es algo que
sólo se consigue viviéndolo, y no lo estaremos viviendo si lo utilizamos
para diagnosticar a los demás. Lo vivimos cuando lo usamos para
aprender cómo podemos ser más útiles para los demás, incluso para
personas como Chuck Staehli.
»Aquí hay algunas cosas que tener en cuenta mientras trata de hacer lo
que le acabo de pedir —dijo, entregándome una cartulina.
La examiné y esto era lo que decía:
Conocer el material:
D La autotraición conduce al autoengaño y a «la caja».
D Cuando se está en la caja, no se puede concentrar en los resultados.
D Su influencia y éxito dependerá de estar fuera de la caja.
D Se sale de la caja cuando deja de resistirse a otras personas.
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Vivir el material:
D No intente ser perfecto. Trate de ser mejor.
D No utilice el vocabulario («la caja» y todo lo demás) con personas que
no lo conozcan. Utilice los principios en su propia vida.
D No busque las cajas de los demás. Busque la propia.
D No acuse a los demás de estar dentro de la caja. Procure estar usted
mismo fuera de la suya.
D No abandone cuando descubra que ha estado dentro de la caja. Siga
intentándolo.
D No niegue haber estado en la caja cuando haya estado. Pida disculpas y
siga adelante, tratando deser más útil para los demás en el futuro.
D No se concentre en lo que hacen mal los demás. Concéntrese en lo que
pueda usted hacer por ayudarles.
D No se preocupe por averiguar si los demás le están ayudando.
Preocúpese por asegurarse de que ayuda a los demás.
—Está bien, Bud. Esto me será útil. Gracias —le dije, guardando la
cartulina en mi maletín.
—Desde luego —asintió Bud—. Y espero verle de nuevo la semana que
viene.
Asentí con un gesto, me levanté y me volví para darle las gracias a Lou.
—Antes de que se marche, Tom —me dijo Lou—, quisiera compartir una
cosa más con usted.
—Por favor —le dije.
—Mi hijo, Cory..., ¿lo recuerda?
—Sí.
—Tres meses después de que Carol y yo lo viéramos marcharse, subimos
a aquel mismo autobús hasta la zona remota que había sido el hogar de
Cory durante aquellos meses. Acudimos a reunimos con él, a convivir
unos pocos días con él, antes de llevarlo de regreso a casa. Creo que
nunca me sentí tan nervioso como entonces.
»Le había escrito con frecuencia durante las últimas semanas. Los líderes
del programa entregaban la correspondencia a los chicos cada martes. Yo
había vertido mi alma en aquellas cartas y, lentamente, como un potrillo
que da sus primeros e inciertos pasos al cruzar una corriente, él también
se me empezó a abrir.
»A través de aquellas cartas descubrí a un muchacho al que no había
conocido. Estaba lleno de preguntas y percepciones. Me maravillé ante la
profundidad y los sentimientos de su corazón. Pero, sobre todo, su prosa
transmitía una paz que tuvo el efecto de calmar el corazón de un padre
que temía haberse alejado de su hijo. Cada carta enviada y cada carta
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recibida fue una fuente de curación.
«Mientras recorríamos los últimos kilómetros hasta el lugar de reunión,
me sentí abrumado por lo que había estado a punto de suceder: un padre y
un hijo amar gamente separados que apenas se conocían el uno al otro.
Cuando estábamos a punto de declararnos la guerra, una guerra cuyos
efectos podrían haberse hecho sentir durante generaciones, fuimos
salvados por un milagro.
»A1 superar la última y polvorienta colina, pude ver a unos cuatrocientos
metros de distancia al grupo de muchachos más sucios y desharrapados
que haya visto jamás: prendas de ropa gastadas y desgarradas, barbas
descuidadas, pelambreras de tres meses. Pero de entre el grupo salió
corriendo un muchacho solitario, cuya delgada figura reconocí pese a la
suciedad.
»"¡Pare el autobús! ¡Pare!", le grité al conductor.
»Y también salí corriendo al encuentro de mi hijo.
»Me alcanzó en un instante y nos fundimos en un abrazo, con lágrimas
que abrían surcos por entre el polvo de su cara. Y, a pesar de los sollozos,
le oí decir: "Nunca más te fallaré, papá. Nunca más te fallaré".
Lou guardó silencio, casi atragantado por la emoción del recuerdo.
—Que sintiera eso por mí —siguió diciendo, más lentamente—,
precisamente por mí, la persona que le había fallado a él, enterneció mi
corazón.
»"Y yo tampoco te fallaré nunca más, hijo mío", le dije.
Lou guardó silencio, alejándose poco a poco de su recuerdo, y me miró
con sus ojos benevolentes.
—Tom —me dijo, poniendo las manos sobre mis hombros—, lo que
separa a los padres de los hijos, a los maridos de las esposas, a los vecinos
de sus vecinos, es lo mismo que también separa a unos compañeros de
otros en el trabajo. Las empresas fracasan por la misma razón que
fracasan las familias. ¿Por qué habríamos de sorprendernos de que fuera
así? Después de todo, esos compañeros a los que me resisto también son
padres, madres, hijos, hijas, hermanos, hermanas.
»Una familia, una empresa... son organizaciones de personas. Eso es lo
que sabemos y vivimos en Zagrum.
»Sólo recuerde una cosa —añadió—. No conocemos a la persona con
quien trabajamos y vivimos, sea Bud, Kate, su esposa, su hijo e incluso
alguien como Chuck Staehli, mientras no hayamos abandonado la caja
para reunimos con ella.
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2.14- El nacimiento de un líder


—Salimos de California a la noche siguiente con los ojos enrojecidos.
Habíamos tenido la intención de pasar unos días en San Diego, antes de
regresar a casa, pero todos nuestros planes cambiaron. Sabía que Kate
empezaría su nuevo trabajo en la zona de la bahía de San Francisco en
apenas unos pocos días más. Confiaba desesperadamente en encontrarla
todavía en su casa, antes de que eso sucediera. Necesitaba entregarle algo
—dijo Lou, mirando de nuevo a lo lejos, por la ventana—. Necesitaba
llevarle una escalera.
—¿Una escalera?—pregunté.
—Sí, una escalera. Una de las últimas cosas que le hice a Kate antes de
que se marchara fue exigir que se quitara una escalera de la zona de
ventas. Su departamento había decidido utilizar la escalera como ayuda
visual para promover algunos objetivos de ventas. A mí me pareció una
idea estúpida y así se lo dije cuando me la pidió. Pero ellos siguieron
adelante de todos modos. Más tarde, aquella misma noche, les dije a los
del almacén que retiraran la escalera de la sala. Tres días más tarde, ella y
otros cuatro miembros del grupo de la llamada «disolución de marzo» me
presentaron sus preavisos de dimisión con dos meses de antelación.
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Enfurecido, en menos de una hora hice que el personal de segundad los
echara de la empresa. Ni siquiera les permití que regresaran a solas a sus
respectivos despachos. «No puedo confiar en nadie que se revuelva de ese
modo contra mí», pensé. Y aquella era la última vez que había visto o
hablado con Kate.
»No lo puedo explicar, pero sabía que necesitaba llevarle una escalera.
Aquello era un símbolo de otras muchas cosas. Y así lo hice.
»Carol y yo llegamos al aeropuerto Kennedy hacia las seis de la
madrugada de un domingo por la mañana. Le pedí al chófer de la empresa
que llevara a Carol a casa y luego me llevara a mí a la empresa, donde
revisé una buena media docena de armarios hasta que encontré una
escalera. Luego, la sujetamos en la baca del coche y me dirigí hacia la
casa de Kate, en Litchfield. Eran aproximadamente las nueve y media de
la mañana del domingo cuando hice sonar el timbre de su puerta.
»La puerta se abrió y apareció Kate. Sus ojos se agrandaron como platos
al verme allí. "Antes de que me digas nada, Kate, soy yo el que tengo algo
que decirte, aunque ni siquiera sé por dónde empezar. Antes que nada,
debo decirte que lamento molestarte un domingo por la mañana, pero esto
es algo que no podía esperar. Yo..., bueno..."
»De repente, Kate se echó a reír a carcajadas. Doblada por la risa contra el
marco de la puerta, me dijo finalmente: "Lo siento, Lou. Sé que
seguramente tienes algo muy serio que decirme, pues de otro modo no
estarías aquí, pero resulta cómico verte medio agachado por el peso de esa
escalera que llevas a cuestas. Vamos, deja que te ayude a descargarla".
»"Sí (le dije), precisamente quería hablarte de la escalera. Es una forma
tan buena de empezar como cualquier otra. Nunca debería haber hecho lo
que hice. Si quieres que te diga la verdad, ni siquiera sé por qué lo hice.
No debería haberme preocupado."
»Kate ya había dejado de reír y me escuchaba con mucha atención. "Mira,
Kate (seguí diciéndole). He sido un verdadero asno. Tú lo sabes mejor que
nadie. Lo sabe todo el mundo. Pero yo no me enteré hasta hace dos días.
De todos modos, no podía darme cuenta. Pero te aseguro que ahora lo veo
todo claro. Me aterroriza darme cuenta de lo que les he hecho a las
personas que más me importan en la vida. Y entre esas personas te
encuentras tú."
»Ella se quedó allí de pie, escuchándome. No pude adivinar qué estaría
pensando.
»"Sé que te han ofrecido algo bastante bueno (le seguí diciendo). Y no me
quedan muchas esperanzas de que regreses con nosotros a Zagrum..., no
después de mi comportamiento. Pero he venido para rogarte que lo hagas.
Hay algo de lo que deseo hablar contigo, y luego, si así me lo dices, me
marcharé y no te volveré a molestar. Pero me doy cuenta de que he
causado mucho daño a todos, y creo que ahora sé cómo evitar que vuelva
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a suceder. Tengo que hablar contigo."
»Ella se apartó de la puerta, invitándome a entrar y se limitó a decirme:
"Está bien. Te escucharé".
»Durante las tres horas siguientes hice todo lo que pude por compartir con
ella lo que había aprendido acerca de la caja y todo lo demás. Creo que lo
expuse todo bastante mal —dijo Lou mirándome con una sonrisa—. Pero,
la verdad, no fue tan importante lo que dije, sino el hecho de que ella se
diera cuenta de que fuera lo que fuese lo que le contaba, lo decía muy en
serio.
»Finalmente, me dijo: "'Está bien, Lou. Pero tengo una pregunta que
hacerte: si regresara a la empresa, ¿cómo puedo saber que no se trataría de
ningún cambio temporal? ¿Por qué correr ese riesgo?".
»Creo que los hombros me dolían un poco. No supe qué decirle. "Es una
buena pregunta (finalmente pronuncié). Desearía poder decirte que no te
preocuparas, pero me conozco bien, y tú tamb ién. Esa es una de las cosas
sobre las que quiero hablar contigo. Necesito tu ayuda."
»Luego le expuse un plan rudimentario. "Tienen que suceder dos cosas (le
dije). Primero, tenemos que instituir en la empresa un proceso mediante el
cual podamos ayudar a la gente a tomar conciencia de que están dentro de
la caja y de que, en consecuencia, no se concentran en conseguir
resultados. Segundo, y esto es fundamental, sobre todo para mí,
personalmente, tenemos que instituir un sistema de concentrarnos en
conseguir resultados que nos permita permanecer fuera de la caja mucho
más tiempo: una forma nueva de pensar, de medir, de informar, de
trabajar. Porque, en cuanto estemos fuera de la caja (le aseguré), podemos
hacer muchas cosas por ayudar a los demás a permanecer fuera mientras
avanzamos. Tenemos que institucionalizar un sistema así en Zagrum."
»"¿Tienes alguna idea acerca de eso?", me preguntó.
»"Sí, unas pocas, pero necesito tu ayuda, Kate. Juntos podremos encontrar
la mejor forma de hacerlo.
Nadie que yo conozca podría hacerlo tan bien como tú."
»Ella se quedó allí sentada, pensativa.
»"No estoy segura (dijo finalmente). Voy a tener que pensármelo. ¿Puedo
llamarte?"
»"Desde luego. Esperaré tu llamada junto al teléfono."
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2.13 - Liderazgo fuera de la caja


Para comprender lo que necesitaba hacer —dijo Lou, levantándose de la
silla—, debe comprender la naturaleza de mi autotraición. —Empezó a
caminar a lo largo de la mesa—. Supongo que hubo muchas autotraiciones,
pero mientras reflexionaba sobre lo aprendido en Arizona me di cuenta de
que en el trabajo me había traicionado a mí mismo de una forma importante.
Y lo que hemos descubierto desde entonces es que casi todos los empleados
se autotraicionan de la misma manera fundamental. Así que todo lo que
hacemos aquí está diseñado para ayudar a nuestra gente a evitar esa
autotraición y a permanecer fuera de la caja. Nuestro éxito en ese cometido
ha constituido la clave de nuestro éxito en el mercado.
—¿Y qué es? —pregunté.
—Bueno, antes permítame preguntarle lo siguiente —dijo Lou—. ¿Cuál es el
propósito de nuestros esfuerzos en el trabajo?
—Conseguir resultados juntos —contesté.
—Excelente —asintió Lou, aparentemente impresionado.
—En realidad, Bud ya me habló de eso ayer —le dije con cierta timidez.
—Oh, ¿han hablado ya de la autotraición fundacional en el trabajo? —
preguntó, mirando a Bud.
—No. Hablamos de cómo cuando estamos en la caja no podemos
concentrarnos verdaderamente en los resultados, porque estamos demasiado
ocupados concentrados en nosotros mismos —dijo Bud—, pero no
profundizamos en el tema.
—De acuerdo —asintió Lou—. Bien, Tom, ¿desde cuándo lleva usted con
nosotros?, ¿aproximadamente un mes?
—Sí, poco más de un mes.
—Hábleme de cómo vino a unirse a nosotros, en Zagrum.
Les relaté a ambos los momentos culminantes de mi carrera en Tetrix, la
admiración que desde hacía tiempo me había despertado Zagrum, y los
detalles de mi proceso de entrevistas.
—¿Qué sintió cuando se le ofreció el puesto?
—Oh, me sentí encantado.
—El día antes de empezar a trabajar, ¿tuvo sentimientos positivos acerca de
los que pronto serían sus compañeros? —me preguntó Lou.
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—Oh, desde luego —contesté—. Me entusiasmaba la idea de empezar.
—¿Tuvo la sensación de querer ser útil para ellos?
—Sí, desde luego que sí.
—Y al pensar en lo que haría en Zagrum y en qué actitud adoptaría en el
trabajo, ¿qué se imaginaba?
—Bueno, me imaginé trabajando duro, haciendo todo lo que pudiera por
ayudar a la empresa a alcanzar el éxito —contesté.
—Muy bien —asintió Lou—, de modo que antes de empezar ya
experimentó la sensación de que haría todo lo que pudiera por ayudar a
Zagrum y a sus empleados a alcanzar el éxito o, como dijo antes, a conseguir
resultados.
—Sí —corroboré.
Lou se dirigió a la pizarra.
—¿Te parece bien si cambio un poco esto, Bud? —le preguntó, señalando
el esquema de la anécdota del bebé que lloraba.
—Desde luego. Adelante, por favor —dijo Bud.
Lou borró parte del esquema y añadió otras cosas. Luego se apartó y sobre
la pizarra quedó escrito lo siguiente:
—Observe, Tom —dijo:—. Al asumir un nuevo puesto de trabajo, la
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mayoría de la gente experimenta más o menos los mismos sentimientos
que usted. Se sienten agradecidos por el empleo y la oportunidad que se
les ofrece. Desean hacer todo lo que puedan por su empresa y por la gente
que trabaja en ella.
»Pero si entrevistara a esa gente un año más tarde —siguió diciendo, vería
que sus sentimientos suelen ser diferentes. Frecuentemente, sus
sentimientos hacia muchos de sus compañeros de trabajo se asemejan a
los que experimentó Bud hacia Nancy en la anécdota que contó ayer. Y a
menudo descubrirá que personas que antes habían estado comprometidas,
integradas, motivadas, con ganas de trabajar como un equipo, etcétera,
tienen luego problemas en muchos de esos ámbitos. ¿Ya quiénes cree
usted que achacan ellos todos esos problemas?
—A todos los que trabajan en la empresa, exceptuándose a sí mismos —
contesté—. Al jefe, a los compañeros, a la gente a la que dirigen e incluso
a la misma empresa.
—Sí. Ahora, sin embargo, sabemos lo que ocurre en realidad. Cuando
culpabilizamos, lo hacemos por nosotros mismos, no a causa de los
demás.
—Pero ¿es siempre así? —pregunté—. Después de todo, el jefe que tenía
en Tetrix era terrible. Creaba toda clase de problemas. Y ahora comprendo
por qué: porque estaba encerrado en la caja. Maltrataba a todos los de su
departamento.
—Sí —asintió Lou— y por mucho que nos esforcemos aquí, en Zagrum,
siempre se va a encontrar con gente que también le maltratará. Pero fíjese
en este esquema —dijo, señalando la pizarra—. ¿Le parece que este
empleado culpabiliza a sus compañeros por lo que le han hecho a él, sea
eso lo que fuere? O, por expresarlo de otro modo: ¿nos metemos en la caja
debido a que otras personas ya están dentro de la caja? ¿Es eso lo que nos
induce a estar en la caja?
La respuesta, naturalmente, era negativa.
—No, nos metemos en la caja porque nos auto-traicionamos. Eso lo
comprendo bien. Pero supongo que mi pregunta plantea más bien: ¿no es
posible culpabilizar a alguien sin estar en la caja?
Lou me miró intensamente.
—¿Se le ocurre algún ejemplo específico sobre el que podamos
reflexionar? —preguntó. —Desde luego —contesté—. Sigo pensando en
mi antiguo jefe en Tetrix. Supongo que lo he estado culpabilizando desde
hace mucho tiempo. Pero lo que quiero decir en el fondo es que es un
verdadero inútil y un gran problema.
—Está bien, pensemos en eso —asintió Lou—. ¿Cree que es posible
reconocer cómo puede ser alguien un gran problema sin estar en la caja y
culpabilizarlo?
—Sí, creo que sí —contesté—. Pero si lo culpabilizo, ¿quiere eso decir
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que estoy necesariamente en la caja?
—Bueno, puede considerarlo del siguiente modo —dijo Lou—. ¿Cree que
su culpabilización ayuda a la otra persona a mejorar?
De repente, me sentí desenmascarado, como si una gran mentira estuviera
a punto de ser del conocimiento público.
—No, probablemente no.
—¿Probablemente? —insistió Lou.
—Bueno, no, está claro que mi culpabilización no ayudará al otro a
mejorar.
—En realidad —puntualizó Lou—, ¿no le parece que sería precisamente
su culpabilización lo que induciría a esa persona a ser peor?
—Sí, supongo que sí —tuve que admitir.
—Entonces, ¿cree que esa culpabilización sirve para algún propósito útil
que ayude a la empresa y a sus empleados a conseguir resultados? ¿Existe
algún propósito fuera de la caja al que sirva o resulte útil esa
culpabilización?
No supe qué decir. La verdad es que para mi culpabilización no había
propósito alguno fuera de la caja. Lo sabía muy bien. Había estado dentro
de la caja con respecto a Chuck durante años. La pregunta planteada a
Lou no fue más que una forma de sentirme justificado por mi
culpabilización. Pero mi necesidad de justificación no hizo sino
desenmascarar mi autotraición. Lou me había obligado a mirar de frente
mi propia mentira.
—Supongo que no —dije.
—Sé lo que está pensando ahora, Tom —intervino Bud—. Ha tenido la
desgracia de trabajar con alguien que estaba con frecuencia en la caja. Y
fue una experiencia dura. Pero fíjese que, en esa clase de situaciones, a mí
también me resulta bastante fácil entrar en la caja, porque la justificación
es muy fácil: ¡el otro es un inútil! No obstante, recuerde que una vez que
entro en la caja en respuesta a eso, necesito que el otro siga siendo un
inútil para que yo pueda seguir culpabilizándolo de serlo. Y no tengo que
hacer nada más que entrar en la caja con respecto a él para invitarlo a que
siga siendo de ese modo. Mi culpabilización induce al otro a ser aquello
mismo por lo que lo culpabilizo. Es decir, como estoy dentro de la caja,
necesito problemas.
»¿No le parece que sería mucho mejor tener la capacidad para reconocer
las cajas de los demás sin culpabilizarlos por estar en ellas? —me
preguntó—. Después de todo, sé muy bien lo que es estar en la caja
porque una parte del tiempo también me lo paso allí. Fuera de la caja
puedo comprender lo que es estar dentro. Y puesto que cuando estoy fuera
no necesito inducir a los otros a ser unos inútiles, lo que consigo con ello
es aliviar, en lugar de exacerbar las situaciones difíciles.
»Aquí se puede aprender también otra lección. Ya se ha dado cuenta de lo
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nocivo que resulta ser un líder en la caja, puesto que induce a todos los
que trabajan para él a meterse igualmente en sus cajas. La lección que de
ello se deriva es que se necesita ser una clase diferente de líder. Esa es su
obligación como líder. Cuando está dentro de la caja, la gente lo sigue, si
es que lo hace, sólo por medio de la fuerza o la amenaza de emplearla.
Pero eso no es liderazgo, sino coacción. Los líderes que la gente elige
seguir son aquellos que están fuera de la caja. Repase su vida y verá que
es así.
El rostro de Chuck Staehli desapareció de mi mente y vi a Amos Page, mi
primer jefe en Tetrix. Habría hecho cualquier cosa por Amos. Era un
hombre duro, exigente, y capaz de estar fuera de la caja como cualquier
otra persona que pudiera imaginar. Su entusiasmo por el trabajo y por la
industria impuso el curso que siguió toda mi carrera. Había transcurrido
mucho tiempo desde la última vez que viera a Amos, y tomé nota mental
de buscarlo y ver cómo le iban las cosas.
—Así pues, Tom, su éxito como líder depende de liberarse de la
autotraición. Sólo entonces se invita a los otros a liberarse igualmente de
traicionarse a sí mismos. Sólo entonces está creando a otros líderes,
colaboradores que le responderán, en los que podrá confiar y con los que
deseará trabajar. Le debe usted a su gente el estar fuera de la caja. Le debe
usted a Za-grum el estar fuera de la caja para ellos.
Bud se levantó. ;s
—Permítame darle un ejemplo de la clase de líder que necesitamos que
sea —dijo—. Mi primer proyecto como abogado novato fue convertirme
en un experto en derecho de hogares móviles en California. Los resultados
de mi investigación serían cruciales para uno de los clientes más
importantes del bufete para el que trabajaba, ya que los planes de
expansión de ese cliente exigían la adquisición de grandes zonas de
terrenos ocupados por aquel entonces por parques de hogares móviles.
»La abogada que supervisaba el proyecto era Anita Cario, alguien que
trabajaba en el bufete desde hacía cuatro años, y a la que le quedaban tres
años de trabajo para que se considerase la posibilidad de aceptarla como
socia. Un abogado novato puede permitirse cometer unos pocos errores,
pero otro que lleva cuatro años en el mismo bufete no dispone de ese lujo.
Se supone que después de esos años ya debe estar curtido, ser digno de
confianza y competente. Generalmente, cualquier error grave cometido a
esas alturas en un bufete de abogados cuenta como un baldón cuando se
trata de decidir su aceptación como socio.
»Bien, me entregué de lleno al proyecto. Durante una semana me convertí
probablemente en el mejor experto mundial en derecho de hogares
móviles en California. Hasta ahora, todo muy bien, ¿verdad? Luego,
expuse mi análisis en un extenso memorándum. Anita y el socio principal
que supervisaban el proyecto se sintieron contentos porque el resultado
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fue bueno para nuestro cliente. Todo salió bien y yo me convertí en un
héroe.
»Unas dos semanas más tarde, Anita y yo estábamos trabajando en el
despacho. Casi de pasada, ella dijo: "Ah, a propósito, tenía ganas de
preguntarle algo: ¿comprobó usted las addendas en todos los libros que
utilizó para su investigación sobre los hogares móviles?".
No estaba familiarizado con el término empleado por Bud.
—¿Addendas? —pregunté.
—Sí, ¿ha estado alguna vez en una biblioteca de derecho?
—Sí.
—Entonces sabrá lo gruesos que son los libros de derecho.
—Desde luego.
—El caso es que los gruesos libros de derecho plantean un desafío de
impresión que se soluciona con lo que solemos llamar addendas.
Permítame explicarle. Los libros de consulta que se utilizan en un bufete
necesitan de una revisión constante para reflejar las últimas
incorporaciones al derecho. Para evitar las reimpresiones frecuentes de
libros que son muy caros, la mayoría de las obras de consulta incluyen al
final una bolsa donde se guardan las actualizaciones mensuales
que se produzcan, llamadas addendas.
—Entonces, lo que Anita le preguntaba era si,
cuando llevó a cabo su análisis, había comprobado usted las versiones
más actualizadas del derecho.
—Exactamente. En cuanto me hizo la pregunta, hubiera querido echar a
correr y esconderme porque lo cierto es que, arrastrado por mi
entusiasmo, ni siquiera se me ocurrió comprobar las addendas.
»Así que corrimos a la biblioteca del bufete y empezamos a sacar todos
los libros de consulta que había utilizado. ¿Y sabe qué? Resultó que la ley
había cambiado, y no sólo de una manera marginal, sino tan fundamental
que lo variaba todo. Había hecho que el cliente se metiera de cabeza en
una pesadilla legal y de relaciones públicas.
—¿Bromea?—pregunté. as
—Me temo que no. Anita y yo regresamos al despacho para darle la mala
noticia a Jerry, el socio principal supervisor del proyecto. En ese
momento se encontraba en otra ciudad, así que lo llamamos por teléfono.
Y ahora piense, Tom. Si fuera usted Anita Cario, permanentemente
examinada para una posible asociación con el bufete, ¿qué le habría dicho
a Jerry?
—Oh, que el abogado novato había cometido un tremendo error, o algo
así —contesté—. Habría encontrado alguna forma de hacerle saber que lo
ocurrido no había sido por culpa mía.
—Yo también habría actuado así. Pero no fue eso lo que ella hizo. Lo que
116
dijo fue: «Jerry, ¿recuerda aquel análisis de expansión? Resulta que he
cometido un error grave y que se acaba de cambiar esa ley. Se me pasó
por alto. Nuestra estrategia de expansión está totalmente equivocada».
»Yo la escuchaba con la boca abierta. Era yo el que lo había echado todo
a perder, no Anita, pero ella, a pesar de haber tantas cosas en juego,
asumía la responsabilidad del error. En la conversación que mantuvo con
Jerry no deslizó ni un solo comentario que me señalara a mí.
»"¿Qué quiere decir con eso de que ha cometido usted un error?", le
pregunté a Anita después de que colgara el teléfono. "Fui yo el que no
comprobó las addendas." A lo que ella me respondió: "Es cierto que
debería usted haberlas comprobado. Pero yo soy su primera supervisora y,
a lo largo del proceso, hubo una serie de veces en las que pensé que debía
recordarle el comprobarlas, algo que no hice hasta hoy. Si le hubiera
preguntado cuando sentí que debía hacerlo, nada de esto habría sucedido.
Así que, en efecto, usted cometió un error, pero yo también".
»Y ahora, piense en lo ocurrido, Tom —siguió diciendo Bud—. ¿Cree que
Anita me podría haber culpabilizado?
—Desde luego.
—Y habría estado justificada en culpabilizarme, ¿verdad? Después de
todo, yo había cometido un error y era por tanto culpable.
—Sí, supongo que eso es así.
—Y, sin embargo, fíjese —añadió Bud con vehemencia—, ella no
necesitó culpabilizarme, a pesar de que yo hubiera cometido un error,
porque no estaba en la caja y, al estar fuera, no tenía necesidad alguna de
justificación.
Bud guardó un momento de silencio y se sentó.
—Y ahora viene lo interesante: al asumir la responsabilidad por el error,
¿cree usted que Anita hizo que yo me sintiera menos o más responsable
por mi propio error?
—Oh, más, desde luego —contesté.
—En efecto —asintió Bud—. Cien veces más. Al negarse a buscar una
justificación para su error, relativamente pequeño, me invitó a asumir mi
responsabilidad por el gran error que yo había cometido. A partir de ese
momento, habría hecho cualquier cosa por Anita Cario.
»Pero piense en cómo habría cambiado mi actitud si ella me hubiera
culpabilizado. ¿Cómo cree que habría reaccionado si Anita me hubiese
acusado al hablar con Jerry?
—Bueno, no sé qué habría hecho usted exactamente, pero probablemente
habría empezado a encontrar algunas debilidades en ella que, al final, la
hubiesen convertido en una persona con la que le sería difícil trabajar.
—Exactamente. Y tanto Anita como yo nos habríamos concentrado en
nosotros mismos, en lugar de aquello en lo que necesitábamos
concentrarnos más que nunca: el resultado para el cliente.
117
—Y eso —intervino Lou— fue exactamente lo que comprendí que era mi
problema cuando estuve en Arizona aprendiendo este material. Había
fallado de una serie de formas al no hacer todo lo que pude por ayudar a
Zagrum y a sus empleados a conseguir resultados. En otras palabras —
dijo, señalando la pizarra—. Había traicionado mi sentido de lo que
necesitaba hacer por los demás en la empresa. Y al hacerlo así, me enterré
en la caja. No me había concentrado en absoluto en los resultados, sino en
mí mismo. Y, como consecuencia de esa autotraición, culpabilicé a los
demás por todo. Este esquema se refería a mí —dijo, señalando el
diagrama—. Veía a todos los que trabajaban en la empresa como
problemas, y me consideraba a mí mismo como víctima de su
incompetencia.
»Pero en aquel momento de toma de conciencia, un momento que cabría
esperar que fuese oscuro y deprimente, experimenté la primera sensación
de felicidad y esperanza que había sentido desde hacía muchos meses por
mi empresa. Sin saber todavía muy bien adonde me llevaría todo aquello,
tuve la abrumadora sensación de que había algo, una primera cosa, que
necesitaba hacer. Algo que tenía que hacer para empezar a salir de la caja.
»Tenía que ver a Kate.
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