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                          2.13 - Liderazgo fuera de la caja


                          Para comprender lo que necesitaba hacer —dijo Lou, levantándose de la
                          silla—, debe comprender la naturaleza de mi autotraición. —Empezó a
                          caminar a lo largo de la mesa—. Supongo que hubo muchas autotraiciones,
                          pero mientras reflexionaba sobre lo aprendido en Arizona me di cuenta de
                          que en el trabajo me había traicionado a mí mismo de una forma importante.
                          Y lo que hemos descubierto desde entonces es que casi todos los empleados
                          se autotraicionan de la misma manera fundamental. Así que todo lo que
                          hacemos aquí está diseñado para ayudar a nuestra gente a evitar esa
                          autotraición y a permanecer fuera de la caja. Nuestro éxito en ese cometido
                          ha constituido la clave de nuestro éxito en el mercado.
                          —¿Y qué es? —pregunté.
                          —Bueno, antes permítame preguntarle lo siguiente —dijo Lou—. ¿Cuál es el
                          propósito de nuestros esfuerzos en el trabajo?
                          —Conseguir resultados juntos —contesté.
                          —Excelente —asintió Lou, aparentemente impresionado.
                          —En realidad, Bud ya me habló de eso ayer —le dije con cierta timidez.
                          —Oh, ¿han hablado ya de la autotraición fundacional en el trabajo? —
                          preguntó, mirando a Bud.
                          —No. Hablamos de cómo cuando estamos en la caja no podemos
                          concentrarnos verdaderamente en los resultados, porque estamos demasiado
                          ocupados concentrados en nosotros mismos —dijo Bud—, pero no
                          profundizamos en el tema.
                          —De acuerdo —asintió Lou—. Bien, Tom, ¿desde cuándo lleva usted con
                          nosotros?, ¿aproximadamente un mes?
                          —Sí, poco más de un mes.
                          —Hábleme de cómo vino a unirse a nosotros, en Zagrum.
                          Les relaté a ambos los momentos culminantes de mi carrera en Tetrix, la
                          admiración que desde hacía tiempo me había despertado Zagrum, y los
                          detalles de mi proceso de entrevistas.
                          —¿Qué sintió cuando se le ofreció el puesto?
                          —Oh, me sentí encantado.
                          —El día antes de empezar a trabajar, ¿tuvo sentimientos positivos acerca de
                          los que pronto serían sus compañeros? —me preguntó Lou.
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                          —Oh, desde luego —contesté—. Me entusiasmaba la idea de empezar.
                          —¿Tuvo la sensación de querer ser útil para ellos?
                          —Sí, desde luego que sí.
                          —Y al pensar en lo que haría en Zagrum y en qué actitud adoptaría en el
                          trabajo, ¿qué se imaginaba?
                          —Bueno, me imaginé trabajando duro, haciendo todo lo que pudiera por
                          ayudar a la empresa a alcanzar el éxito —contesté.
                          —Muy bien —asintió Lou—, de modo que antes de empezar ya
                          experimentó la sensación de que haría todo lo que pudiera por ayudar a
                          Zagrum y a sus empleados a alcanzar el éxito o, como dijo antes, a conseguir
                          resultados.
                          —Sí —corroboré.
                          Lou se dirigió a la pizarra.
                          —¿Te parece bien si cambio un poco esto, Bud? —le preguntó, señalando
                          el esquema de la anécdota del bebé que lloraba.
                          —Desde luego. Adelante, por favor —dijo Bud.
                          Lou borró parte del esquema y añadió otras cosas. Luego se apartó y sobre
                          la pizarra quedó escrito lo siguiente:
                          —Observe, Tom —dijo:—. Al asumir un nuevo puesto de trabajo, la
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                          mayoría de la gente experimenta más o menos los mismos sentimientos
                          que usted. Se sienten agradecidos por el empleo y la oportunidad que se
                          les ofrece. Desean hacer todo lo que puedan por su empresa y por la gente
                          que trabaja en ella.
                          »Pero si entrevistara a esa gente un año más tarde —siguió diciendo, vería
                          que sus sentimientos suelen ser diferentes. Frecuentemente, sus
                          sentimientos hacia muchos de sus compañeros de trabajo se asemejan a
                          los que experimentó Bud hacia Nancy en la anécdota que contó ayer. Y a
                          menudo descubrirá que personas que antes habían estado comprometidas,
                          integradas, motivadas, con ganas de trabajar como un equipo, etcétera,
                          tienen luego problemas en muchos de esos ámbitos. ¿Ya quiénes cree
                          usted que achacan ellos todos esos problemas?
                          —A todos los que trabajan en la empresa, exceptuándose a sí mismos —
                          contesté—. Al jefe, a los compañeros, a la gente a la que dirigen e incluso
                          a la misma empresa.
                          —Sí. Ahora, sin embargo, sabemos lo que ocurre en realidad. Cuando
                          culpabilizamos, lo hacemos por nosotros mismos, no a causa de los
                          demás.
                          —Pero ¿es siempre así? —pregunté—. Después de todo, el jefe que tenía
                          en Tetrix era terrible. Creaba toda clase de problemas. Y ahora comprendo
                          por qué: porque estaba encerrado en la caja. Maltrataba a todos los de su
                          departamento.
                          —Sí —asintió Lou— y por mucho que nos esforcemos aquí, en Zagrum,
                          siempre se va a encontrar con gente que también le maltratará. Pero fíjese
                          en este esquema —dijo, señalando la pizarra—. ¿Le parece que este
                          empleado culpabiliza a sus compañeros por lo que le han hecho a él, sea
                          eso lo que fuere? O, por expresarlo de otro modo: ¿nos metemos en la caja
                          debido a que otras personas ya están dentro de la caja? ¿Es eso lo que nos
                          induce a estar en la caja?
                          La respuesta, naturalmente, era negativa.
                          —No, nos metemos en la caja porque nos auto-traicionamos. Eso lo
                          comprendo bien. Pero supongo que mi pregunta plantea más bien: ¿no es
                          posible culpabilizar a alguien sin estar en la caja?
                          Lou me miró intensamente.
                          —¿Se le ocurre algún ejemplo específico sobre el que podamos
                          reflexionar? —preguntó. —Desde luego —contesté—. Sigo pensando en
                          mi antiguo jefe en Tetrix. Supongo que lo he estado culpabilizando desde
                          hace mucho tiempo. Pero lo que quiero decir en el fondo es que es un
                          verdadero inútil y un gran problema.
                          —Está bien, pensemos en eso —asintió Lou—. ¿Cree que es posible
                          reconocer cómo puede ser alguien un gran problema sin estar en la caja y
                          culpabilizarlo?
                          —Sí, creo que sí —contesté—. Pero si lo culpabilizo, ¿quiere eso decir
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                          que estoy necesariamente en la caja?
                          —Bueno, puede considerarlo del siguiente modo —dijo Lou—. ¿Cree que
                          su culpabilización ayuda a la otra persona a mejorar?
                          De repente, me sentí desenmascarado, como si una gran mentira estuviera
                          a punto de ser del conocimiento público.
                          —No, probablemente no.
                          —¿Probablemente? —insistió Lou.
                          —Bueno, no, está claro que mi culpabilización no ayudará al otro a
                          mejorar.
                          —En realidad —puntualizó Lou—, ¿no le parece que sería precisamente
                          su culpabilización lo que induciría a esa persona a ser peor?
                          —Sí, supongo que sí —tuve que admitir.
                          —Entonces, ¿cree que esa culpabilización sirve para algún propósito útil
                          que ayude a la empresa y a sus empleados a conseguir resultados? ¿Existe
                          algún propósito fuera de la caja al que sirva o resulte útil esa
                          culpabilización?
                          No supe qué decir. La verdad es que para mi culpabilización no había
                          propósito alguno fuera de la caja. Lo sabía muy bien. Había estado dentro
                          de la caja con respecto a Chuck durante años. La pregunta planteada a
                          Lou no fue más que una forma de sentirme justificado por mi
                          culpabilización. Pero mi necesidad de justificación no hizo sino
                          desenmascarar mi autotraición. Lou me había obligado a mirar de frente
                          mi propia mentira.
                          —Supongo que no —dije.
                          —Sé lo que está pensando ahora, Tom —intervino Bud—. Ha tenido la
                          desgracia de trabajar con alguien que estaba con frecuencia en la caja. Y
                          fue una experiencia dura. Pero fíjese que, en esa clase de situaciones, a mí
                          también me resulta bastante fácil entrar en la caja, porque la justificación
                          es muy fácil: ¡el otro es un inútil! No obstante, recuerde que una vez que
                          entro en la caja en respuesta a eso, necesito que el otro siga siendo un
                          inútil para que yo pueda seguir culpabilizándolo de serlo. Y no tengo que
                          hacer nada más que entrar en la caja con respecto a él para invitarlo a que
                          siga siendo de ese modo. Mi culpabilización induce al otro a ser aquello
                          mismo por lo que lo culpabilizo. Es decir, como estoy dentro de la caja,
                          necesito problemas.
                          »¿No le parece que sería mucho mejor tener la capacidad para reconocer
                          las cajas de los demás sin culpabilizarlos por estar en ellas? —me
                          preguntó—. Después de todo, sé muy bien lo que es estar en la caja
                          porque una parte del tiempo también me lo paso allí. Fuera de la caja
                          puedo comprender lo que es estar dentro. Y puesto que cuando estoy fuera
                          no necesito inducir a los otros a ser unos inútiles, lo que consigo con ello
                          es aliviar, en lugar de exacerbar las situaciones difíciles.
                          »Aquí se puede aprender también otra lección. Ya se ha dado cuenta de lo
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                          nocivo que resulta ser un líder en la caja, puesto que induce a todos los
                          que trabajan para él a meterse igualmente en sus cajas. La lección que de
                          ello se deriva es que se necesita ser una clase diferente de líder. Esa es su
                          obligación como líder. Cuando está dentro de la caja, la gente lo sigue, si
                          es que lo hace, sólo por medio de la fuerza o la amenaza de emplearla.
                          Pero eso no es liderazgo, sino coacción. Los líderes que la gente elige
                          seguir son aquellos que están fuera de la caja. Repase su vida y verá que
                          es así.
                          El rostro de Chuck Staehli desapareció de mi mente y vi a Amos Page, mi
                          primer jefe en Tetrix. Habría hecho cualquier cosa por Amos. Era un
                          hombre duro, exigente, y capaz de estar fuera de la caja como cualquier
                          otra persona que pudiera imaginar. Su entusiasmo por el trabajo y por la
                          industria impuso el curso que siguió toda mi carrera. Había transcurrido
                          mucho tiempo desde la última vez que viera a Amos, y tomé nota mental
                          de buscarlo y ver cómo le iban las cosas.
                          —Así pues, Tom, su éxito como líder depende de liberarse de la
                          autotraición. Sólo entonces se invita a los otros a liberarse igualmente de
                          traicionarse a sí mismos. Sólo entonces está creando a otros líderes,
                          colaboradores que le responderán, en los que podrá confiar y con los que
                          deseará trabajar. Le debe usted a su gente el estar fuera de la caja. Le debe
                          usted a Za-grum el estar fuera de la caja para ellos.
                          Bud se levantó. ;s
                          —Permítame darle un ejemplo de la clase de líder que necesitamos que
                          sea —dijo—. Mi primer proyecto como abogado novato fue convertirme
                          en un experto en derecho de hogares móviles en California. Los resultados
                          de mi investigación serían cruciales para uno de los clientes más
                          importantes del bufete para el que trabajaba, ya que los planes de
                          expansión de ese cliente exigían la adquisición de grandes zonas de
                          terrenos ocupados por aquel entonces por parques de hogares móviles.
                          »La abogada que supervisaba el proyecto era Anita Cario, alguien que
                          trabajaba en el bufete desde hacía cuatro años, y a la que le quedaban tres
                          años de trabajo para que se considerase la posibilidad de aceptarla como
                          socia. Un abogado novato puede permitirse cometer unos pocos errores,
                          pero otro que lleva cuatro años en el mismo bufete no dispone de ese lujo.
                          Se supone que después de esos años ya debe estar curtido, ser digno de
                          confianza y competente. Generalmente, cualquier error grave cometido a
                          esas alturas en un bufete de abogados cuenta como un baldón cuando se
                          trata de decidir su aceptación como socio.
                          »Bien, me entregué de lleno al proyecto. Durante una semana me convertí
                          probablemente en el mejor experto mundial en derecho de hogares
                          móviles en California. Hasta ahora, todo muy bien, ¿verdad? Luego,
                          expuse mi análisis en un extenso memorándum. Anita y el socio principal
                          que supervisaban el proyecto se sintieron contentos porque el resultado
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                          fue bueno para nuestro cliente. Todo salió bien y yo me convertí en un
                          héroe.
                          »Unas dos semanas más tarde, Anita y yo estábamos trabajando en el
                          despacho. Casi de pasada, ella dijo: "Ah, a propósito, tenía ganas de
                          preguntarle algo: ¿comprobó usted las addendas en todos los libros que
                          utilizó para su investigación sobre los hogares móviles?".
                          No estaba familiarizado con el término empleado por Bud.
                          —¿Addendas? —pregunté.
                          —Sí, ¿ha estado alguna vez en una biblioteca de derecho?
                          —Sí.
                          —Entonces sabrá lo gruesos que son los libros de derecho.
                          —Desde luego.
                          —El caso es que los gruesos libros de derecho plantean un desafío de
                          impresión que se soluciona con lo que solemos llamar addendas.
                          Permítame explicarle. Los libros de consulta que se utilizan en un bufete
                          necesitan de una revisión constante para reflejar las últimas
                          incorporaciones al derecho. Para evitar las reimpresiones frecuentes de
                          libros que son muy caros, la mayoría de las obras de consulta incluyen al
                          final una bolsa donde se guardan las actualizaciones mensuales
                          que se produzcan, llamadas addendas.
                          —Entonces, lo que Anita le preguntaba era si,
                          cuando llevó a cabo su análisis, había comprobado usted las versiones
                          más actualizadas del derecho.
                          —Exactamente. En cuanto me hizo la pregunta, hubiera querido echar a
                          correr y esconderme porque lo cierto es que, arrastrado por mi
                          entusiasmo, ni siquiera se me ocurrió comprobar las addendas.
                          »Así que corrimos a la biblioteca del bufete y empezamos a sacar todos
                          los libros de consulta que había utilizado. ¿Y sabe qué? Resultó que la ley
                          había cambiado, y no sólo de una manera marginal, sino tan fundamental
                          que lo variaba todo. Había hecho que el cliente se metiera de cabeza en
                          una pesadilla legal y de relaciones públicas.
                          —¿Bromea?—pregunté. as
                          —Me temo que no. Anita y yo regresamos al despacho para darle la mala
                          noticia a Jerry, el socio principal supervisor del proyecto. En ese
                          momento se encontraba en otra ciudad, así que lo llamamos por teléfono.
                          Y ahora piense, Tom. Si fuera usted Anita Cario, permanentemente
                          examinada para una posible asociación con el bufete, ¿qué le habría dicho
                          a Jerry?
                          —Oh, que el abogado novato había cometido un tremendo error, o algo
                          así —contesté—. Habría encontrado alguna forma de hacerle saber que lo
                          ocurrido no había sido por culpa mía.
                          —Yo también habría actuado así. Pero no fue eso lo que ella hizo. Lo que
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                          dijo fue: «Jerry, ¿recuerda aquel análisis de expansión? Resulta que he
                          cometido un error grave y que se acaba de cambiar esa ley. Se me pasó
                          por alto. Nuestra estrategia de expansión está totalmente equivocada».
                          »Yo la escuchaba con la boca abierta. Era yo el que lo había echado todo
                          a perder, no Anita, pero ella, a pesar de haber tantas cosas en juego,
                          asumía la responsabilidad del error. En la conversación que mantuvo con
                          Jerry no deslizó ni un solo comentario que me señalara a mí.
                          »"¿Qué quiere decir con eso de que ha cometido usted un error?", le
                          pregunté a Anita después de que colgara el teléfono. "Fui yo el que no
                          comprobó las addendas." A lo que ella me respondió: "Es cierto que
                          debería usted haberlas comprobado. Pero yo soy su primera supervisora y,
                          a lo largo del proceso, hubo una serie de veces en las que pensé que debía
                          recordarle el comprobarlas, algo que no hice hasta hoy. Si le hubiera
                          preguntado cuando sentí que debía hacerlo, nada de esto habría sucedido.
                          Así que, en efecto, usted cometió un error, pero yo también".
                          »Y ahora, piense en lo ocurrido, Tom —siguió diciendo Bud—. ¿Cree que
                          Anita me podría haber culpabilizado?
                          —Desde luego.
                          —Y habría estado justificada en culpabilizarme, ¿verdad? Después de
                          todo, yo había cometido un error y era por tanto culpable.
                          —Sí, supongo que eso es así.
                          —Y, sin embargo, fíjese —añadió Bud con vehemencia—, ella no
                          necesitó culpabilizarme, a pesar de que yo hubiera cometido un error,
                          porque no estaba en la caja y, al estar fuera, no tenía necesidad alguna de
                          justificación.
                          Bud guardó un momento de silencio y se sentó.
                          —Y ahora viene lo interesante: al asumir la responsabilidad por el error,
                          ¿cree usted que Anita hizo que yo me sintiera menos o más responsable
                          por mi propio error?
                          —Oh, más, desde luego —contesté.
                          —En efecto —asintió Bud—. Cien veces más. Al negarse a buscar una
                          justificación para su error, relativamente pequeño, me invitó a asumir mi
                          responsabilidad por el gran error que yo había cometido. A partir de ese
                          momento, habría hecho cualquier cosa por Anita Cario.
                          »Pero piense en cómo habría cambiado mi actitud si ella me hubiera
                          culpabilizado. ¿Cómo cree que habría reaccionado si Anita me hubiese
                          acusado al hablar con Jerry?
                          —Bueno, no sé qué habría hecho usted exactamente, pero probablemente
                          habría empezado a encontrar algunas debilidades en ella que, al final, la
                          hubiesen convertido en una persona con la que le sería difícil trabajar.
                          —Exactamente. Y tanto Anita como yo nos habríamos concentrado en
                          nosotros mismos, en lugar de aquello en lo que necesitábamos
                          concentrarnos más que nunca: el resultado para el cliente.
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                          —Y eso —intervino Lou— fue exactamente lo que comprendí que era mi
                          problema cuando estuve en Arizona aprendiendo este material. Había
                          fallado de una serie de formas al no hacer todo lo que pude por ayudar a
                          Zagrum y a sus empleados a conseguir resultados. En otras palabras —
                          dijo, señalando la pizarra—. Había traicionado mi sentido de lo que
                          necesitaba hacer por los demás en la empresa. Y al hacerlo así, me enterré
                          en la caja. No me había concentrado en absoluto en los resultados, sino en
                          mí mismo. Y, como consecuencia de esa autotraición, culpabilicé a los
                          demás por todo. Este esquema se refería a mí —dijo, señalando el
                          diagrama—. Veía a todos los que trabajaban en la empresa como
                          problemas, y me consideraba a mí mismo como víctima de su
                          incompetencia.
                          »Pero en aquel momento de toma de conciencia, un momento que cabría
                          esperar que fuese oscuro y deprimente, experimenté la primera sensación
                          de felicidad y esperanza que había sentido desde hacía muchos meses por
                          mi empresa. Sin saber todavía muy bien adonde me llevaría todo aquello,
                          tuve la abrumadora sensación de que había algo, una primera cosa, que
                          necesitaba hacer. Algo que tenía que hacer para empezar a salir de la caja.
                          »Tenía que ver a Kate.